Posteado por: gushum en: Junio 19, 2007

Una travesía en 4×4 hasta los Saltos de Moconá, al sudeste de la provincia, donde la selva esconde una sucesión de cataratas que caen a lo largo de 3 kilómetros, una al lado de la otra. Una excursión alternativa a las Cataratas del Iguazú, ideal para realizar durante un fin de semana largo alojándose en una posada en medio de la selva.
Posadas (Julián Varsavsky). Los saltos de Moconá son el resultado de una falla geológica que produce un quiebre en el terreno formando una pared de tres kilómetros, a lo largo de la cual el río va cayendo sobre si mismo dentro de un canal estrecho entre dos paredes de basalto, un fenómeno único en el mundo.
Misiones es una provincia verde. El 15 por ciento de su territorio está declarado “área protegida”, y un intenso verdor se impone por unanimidad en cada centímetro de tierra de toda la región.
A lo largo de la ruta provincial 2, camino a Moconá, el pasto crece hasta el borde del asfalto y parece a punto de invadirlo. La vegetación está impregnada en el aire, y por lo visto se cumple una orden suprema de arborizar sin dejar claros; una sentencia que ejecuta una mano invisible, condenada a trazar un motivo vegetal repetido hasta el hartazgo.
Nos dirigimos hacia el corazón de la selva misionera, la misma cuya densidad obsesionó hasta la locura al escritor Horacio Quiroga.
Partimos desde la capital misionera en una camioneta 4×4. Apenas en las afueras nos rodea el fragante verdor de los pastizales. Luego de visitar las Reducciones Jesuíticas de San Ignacio ingresamos en la zona de transición hacia la selva, con sus bananos y árboles medianos cubiertos de enredaderas. Quedan atrás pueblos como Gobernador Roca, que alberga una colonia polaca, y Santo Pipó, donde hace ya varias generaciones se instalaron muchos inmigrantes suizos. En el trayecto nos detenemos a aspirar el aroma de las infusiones a cada lado de la carretera: las plantaciones de té a la derecha, y las de yerba a la izquierda.
Al doblar a la derecha y tomar la ruta Provincial 7, hacia el centro de la provincia, una pared vegetal comienza a elevarse de manera progresiva a cada costado de la ruta. A lo largo de varios kilómetros aparecen puestos de artesanías elaboradas por indios guaraníes que viven en precarias casas de madera a 20 metros de la carretera. En esta zona los guaraníes conservan su idioma y también la cosmogonía religiosa que explica el origen del mundo a partir de la germinación del maíz.
Un balcón natural a la vera del camino ofrece un claro entre la vegetación y descubrimos estar en lo alto de una sierra, frente a la cual se despliega un gran valle selvático: el parque del Cuñá Pirú. Allí la espesura vegetal se asemeja a un burbujeo de color esmeralda; como si los árboles surgieran a borbotones conformando una textura similar a las nubes vistas desde arriba por la ventanilla de un avión.
Un poco más adelante, entre El Soberbio y el Parque Provincial, se acaba el asfalto y lo sustituye una húmeda capa de tierra rojiza de unos 35 kilómetros para llegar a destino. Aparecen cada tanto algunas casas de madera con techo a dos aguas y frente inglés, pintadas con vivos colores por los colonos descendientes de europeos. Numerosos carros de madera tirados por dos bueyes avanzan a paso de tortuga transportando pasajeros de pelo rubio y piel extremadamente blanca.
Sin darnos cuenta del momento exacto, hemos ingresado en la selva. La muralla verde erigida a los costados del camino ya alcanza los 30 metros y no permite que la mirada traspase su contorno.
Nuestro “centro de operaciones” para recorrer el Parque Provincial Moconá es un cómodo refugio de dos pisos con cuartos construidos en madera. Está rodeado por una selva cuya densidad es lo único que se ve por las ventanas de las habitaciones. Muchas personas se instalan aquí por varios días a descansar y caminar por los alrededores observando la avifauna con la ayuda de prismáticos. Se dispone de agua caliente y amplios baños compartidos.
Al día siguiente partimos con nuestro guía y el guardaparques a realizar una sencilla caminata por las profundidades del Parque. Penetramos la selva como por un boquete que da a una oscura galería. Allí los rayos del sol se convierten en un suave resplandor verde, y una barroca proliferación de lianas se mece sobre el sendero. En el trayecto sorteamos troncos podridos cubiertos de musgo y hongos.
En la selva todo el espacio del suelo más los estratos medio y alto están escrupulosamente ocupados. Las especies herbáceas cubren el suelo con la ayuda de la materia orgánica de las hojas y ramas en descomposición. En el estrato medio reinan helechos arborescentes, que alcanzan los siete metros de altura, y toda clase de cañas de bambú: tacuarembó (la más pequeña), tacuapí (medianas) y tacuaruzú (gigantes).
La mayoría de las especies intenta confluir en lo alto formando un grueso techo vegetal. Los árboles erigen sus rectos troncos lo más alto posible, ramificándose a sus anchas para acaparar todo el sol y las gotas de lluvia. El resto de las especies recurre a toda clase de artilugios para recibir su parte, y al no poder superar a los árboles en altura, se trepan a ellos. Un ejército de trepadoras asedia a gruesas columnas fortificadas en vano, y suben hasta lo alto en busca de la energía del sol.
Las epífitas sacrifican todo contacto con el suelo y directamente se instalan entre las copas de los árboles, a salvo de la oscuridad. Allí se adhieren a los troncos sin parasitarlos y absorben la humedad del aire. La especie arácea, con sus hojas lobuladas de 80 centímetros, se instala justo donde comienzan a ramificarse los árboles, extendiendo sus raíces hacia abajo, a todo lo largo del tronco. Luego penetran el suelo y se nutren de él.
Tal densidad en las alturas hace que en muchos casos los árboles desaparezcan bajo el denso camuflaje de otras especies que le hacen perder su aspecto original. Incluso a veces no se los puede identificar con facilidad. Verdaderos jardines botánicos de altura parecen suspendidos encima nuestro, donde a veces un mismo árbol soporta una bromelia, varios helechos, algunos cactus y numerosas plantas. En primavera estos jardines flotantes suelen llenarse de orquídeas que cubren una rama completa, formando cascadas de flores amarillas, lilas y rojas.
El monumental lapacho negro atrae a miríadas de colibríes con su flor rosada. Las pequeñas aves flotan en el aire como esmeraldas aladas gracias a un vibrante aleteo que les permite insertar el pico en las corolas y libar el néctar azucarado. El colorido de la selva aumenta cuando esta se llena de mariposas surgidas de la eclosión de las crisálidas para ir a posarse mansamente sobre los brazos, la ropa y la cabeza de las personas.
El sendero nos depara la sorpresa de un grueso Ivirá Pitá (o árbol cañafístula) de 400 años de antigüedad y 50 metros de altura. Una liana con un diámetro de 20 centímetros lo surca en toda su extensión. Es tan poderosa, que sostiene colgada una rama muy gruesa de 6 metros de largo, que se ha desprendido y amenaza con caerse ante la primera ráfaga de viento.
Al día siguiente nos espera la excursión más vertiginosa del viaje. Navegamos a paso de hombre en una lancha por el arroyo Yabotí, que desemboca en el río Uruguay. A cada costado se levanta una cadena de cerros cubierta por la densa vegetación selvática. Las entretejidas enredaderas pasan de la copa de un árbol a otra, dando la sensación de que los bosques estuviesen cubiertos por un manto verde que los tapa como a los sillones de una casa deshabitada.
Por momentos la bruma tapa gran parte de la vegetación.
Avanzamos por el río en un ambiente selvático que remite a las imágenes de la película Apocalipsis Now. Numerosos arroyitos bajan de las sierras para alimentar el cauce, y al remontar el río Uruguay, limítrofe con Brasil, el timonel acelera a toda velocidad.
Vamos esquivando salientes rocosas en zigzag, cuando un grupo de garzas blancas levanta vuelo a nuestro paso para perderse sobre el techo de la selva. Al rato ingresamos en una especie de cañón de diez metros de ancho, donde se levanta a cada costado una pared de oscuro basalto que mide quince metros.
En el flanco izquierdo comienzan a aparecer las cascadas, una tras otra, a lo largo de dos kilómetros y medio. Recorremos un canal de espumantes aguas y remolinos que se retuercen en el fragor de la corriente. Los saltos se suceden con mayor frecuencia, hasta formar una larga cortina de aguas atronadoras que estallan contra las rocas a cinco metros de la lancha, bañándonos la cara con su espeso rocío.
El regreso es por el mismo trayecto, pero de inmediato desembarcamos en un claro donde nos espera la camioneta. Nos llevan por la selva hasta el borde del río, sobre la parte superior del salto. Allí debemos vadear el río, que alcanza una anchura de 220 metros, caminando con el agua hasta las rodillas. Está lleno de rocas resbaladizas y hay que avanzar con sumo cuidado. Al final del trayecto son pocos los privilegiados que no se dieron un remojón a la fuerza. De esa forma alcanzamos unas rocas junto a la cornisa desde la cual el río se arroja al vacío desde una altura de quince metros, provocando un rugido de aguas que repercute en nuestros estremecidos huesos.
De regreso al refugio, nos espera un festín de pollos asados bajo un quincho de madera sin paredes, decorado con orquídeas y rodeado por el verde de la selva.
Al otro día partimos rumbo a Posadas con el resplandor del alba. Dejamos atrás la selva, y con ella un laberíntico mundo de sombras, sin ingreso ni salida, del cual ya nunca podremos librarnos.
La competencia por recibir un rayo de sol cada mañana se convierte en un duelo de titanes enfrentados en violentas pulseadas. Los recios brazos de los árboles se doblan en inexplicables zig-zags tratando de evadir los embates del adversario. Pero se entremezclan formando una caótica maraña donde cada movimiento parece tan meditado como una jugada de ajedrez. Un sigiloso duelo de fuerzas descomunales se propaga en aparente inmovilidad bajo la consigna de matar o morir. La silenciosa guerra es total contra un vecino que usurpa el superpoblado territorio. El combate transcurre sobre el ambiguo escenario de la selva, sin tregua ni descanso, en el transcurso completo de los días y las noches.
Cada árbol nace condenado a luchar para siempre con un mismo enemigo. Junto al sendero que transitamos crece una majestuosa cañafístula de 40 metros, sobre la cual brotó alguna vez una inocente “higuera brava” que se extendió por el tallo como una simple enredadera. Al poco tiempo la “higuera” se metamorfoseó en gruesos garfios. Primero apretó las raíces del árbol y subió al tronco rodeándolo como venas inflamadas que con el tiempo fueron gruesas como una pierna de elefante. Finalmente estranguló con paciencia fina al árbol entero, ahogándolo segundo a segundo, en un virtual asesinato cometido durante décadas de fino tormento.
El Parque Provincial Moconá está a 360 kilómetros al noroeste de Posadas, la capital misionera. La forma recomendable de llegar es mediante una camioneta 4×4.
Cuando ir: El Parque Provincial Moconá se puede visitar durante todo el año, pero a veces los saltos desaparecen de manera impredecible como consecuencia de exceso de lluvias o por la apertura de las represas río arriba en Brasil. La mejor forma de asegurarse que los saltos se puedan ver es contactándose con alguna agencia de viajes en Misiones, las cuales siempre están al tanto de esta información.
Qué comer: La comida es uno de los aspectos sobresalientes de las posadas de la zona. Se desayuna con pan casero y panqueques con dulce de coquitos de la palmera pindó. Las comidas suelen ser brochetes de pollo y asado criollo con mandioca y ensalada. Pero esa es sola una opción.
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